Nos asombramos ante las injusticias cometida por el hombre porque pensamos que el hombre es lo más valioso del universo y que no hay nada más sabio que él. Pero esto no es así. El hombre ocupa una posición intermedia entre los dioses y las bestias, y se inclina más hacia los unos o más hacia las otras, de manera que unos se vuelven parecidos a dioses, mientras que otros viven como bestias, y todavía otros, el mayor número, se sitúan en medio. Los hombres que se portan mal y se acercan con su comportamiento a los animales irracionales y a las bestias salvajes maltratan a los hombres que están en la posición intermedia y se imponen a ellos con violencia, incluso si estos últimos son superiores. Si estos se dejan dominar por seres inferiores es porque, en cierto modo, ellos también son inferiores. Todavía no son gente de bien, y no están preparados para no tener que soportar esas actitudes violentas.
20200706
Para que exista la percepción de lo que está presente de esta manera, es necesario que nuestra facultad de percibir se vuelva hacia el interior, y preste atención. Es como alguien que, a la espera de una voz que él desea oír, hiciera abstracción de los demás sonidos y solo diera atención a ese sonido que, cuando llega hasta él, es el mejor de los que percibe. De igual manera es necesario aquí dejar de lado, excepto en caso de necesidad, todos los ruidos de los objetos de los sentidos, a fin de mantener la capacidad de percepción del alma en su pureza, dispuesta a escuchar los sonidos de lo alto.
Neoplatonismo (notas dispersas)
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[No se nos puede hablar de la belleza de la virtud porque nunca nos la hemos representado]. «De la misma manera que. en cuanto a las hermosuras percibidas por los sentidos, no es posible hablar de ellas a quienes no las han visto ni percibido, como, por ejemplo, a los ciegos de nacimiento, así tampoco es posible hablar del esplendor de la virtud a quienes no han conseguido representarse hasta qué punto son hermosos los rostros de la justicia y la templanza: 'Ni la estrella de la tarde, ni la estrella de la mañana son tan hermosas'». - Plotinus (205-270 d. C.) Enéada I, 6